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En un gobierno bueno, la guerra, la paz y las alianzas son discutidas en tanto cuanto sirvan no para la satisfacción de unos pocos, sino para el bien común

Publicado originalmente en https://www.las2orillas.co/

Como en todo juego competitivo, el punto de partida es el respectivo poder de negociación de las partes y la capacidad de cada una de poder amenazar individualmente o en coalición puesto que en una partida se puede tener poder suficiente para pactar una alianza o una coalición.

La primera es habitualmente “ante” elecciones (para hacerse elegir) y la segunda “post” elecciones (ya para gobernar). En ambos casos, las dos figuras suelen ser necesitadas cuando no se tiene poder suficiente para ganar en solitario. En esta nota ciudadana haremos énfasis en las alianzas. Más tarde, en las coaliciones.

Es sabido, juega al poder el que puede y se aventura a jugar el que tiene suficientes bazas para “llamar” o para “ofrecer”. Se trata del universal juego del “do ut des”, también del poder de compra. Para el caso, comprar poder.

En el actual proceso electoral colombiano se tiene la impresión de que el énfasis se está haciendo mucho más en pactar “alianzas” (para ganar en la primera vuelta) que en las “coaliciones” (para gobernar más adelante, luego del triunfo).

Las consultas abiertas a todos y previas entre candidatos apoyados por firmas, que no entre candidatos avalados por los partidos, han hecho aparecer situaciones o realidades electorales algo novedosas a ratos o extrañas. En ellas se juega al poder.

Jugar al poder

Juega al poder, quien tiene la posibilidad de actuar sobre algo o alguien. Es decir, el que tiene autoridad, imperio, poderío, potencia, ascendiente, eficacia, soberanía, hegemonía, prepotencia, omnipotencia, gobierno, régimen o capacidad de regimentación, jerarquía, poder disciplinario, atributos o atribuciones para ello. Juega al poder, en última instancia, aquel o aquellos que tienen capacidad de negociación y/o capacidad de imposición o de amenaza. Situaciones que son de combate.

Los juegos de poder son casi siempre de enfrentamientos pautados

Negociar una alianza es hacer un comercio y todo comercio exige una serie de entrevistas, de intercambios de puntos de vista, de pasos que se emprenden para llegar a un acuerdo o para concluir un asunto.

Las alianzas, en principio no son sino la búsqueda de un acuerdo como medio de emprender una acción política de manera pacífica. Una alianza puede ser lo opuesto a la fuerza, a la guerra, a lo bélico; pero, también puede pactarse para hacerla. En principio, se trata de fuerzas enfrentadas. De relaciones de ágon, agonísticas. De combate.

No hay que llamarse a dudas, lo electoral –como lo demuestra la teoría de juegos- es un juego disputado que puede ser hasta trágico ya que de él pueden salir secesiones de países, regiones, guerras civiles, movimientos armados (M-19). De los juegos de poder a los juegos de guerra a veces solo falta la chispa. Cuando un candidato anuncia que solo aceptará los resultados que le favorezcan, es porque ya desenterró el hacha de guerra.

La teoría de juegos

En términos simples ella no consiste sino en estudiar matemáticamente la cuestión del comportamiento óptimo de los participantes en los juegos de estrategia, para determinar los equilibrios que resulten.

Esto en razón a que ninguna de las partes quiere quedar en desequilibrio. Es decir, que como en las lides ante la justicia, cada parte aspira a lograr sus equivalencias, lograr las simetrías.

En juegos de política, cada participante lucha por conseguir la máxima ventaja frente a unos contrincantes que igualmente tienen el mismo deseo de ganar, porque el juego político conlleva -es la regla- un conflicto de intereses.

Esto no quiere decir que no sea posible hacer una invitación a la cooperación entre los jugadores. Es decir, que al ambiente de guerra -bien sea por la incertidumbre o por la angustia del resultado- lo puede acompañar igualmente una sensación de esperanza. Al que está dentro de una trinchera siempre lo acompañará razonablemente la esperanza del “cese el fuego” o de una paz justa o por lo menos honorable. Sin embargo, en veces lo razonable puede no parecerlo.

Jugar para perder puede ser muy racional

Observan los analistas de los comportamientos electorales que la posición de cada jugador suele ser racional, aunque no siempre. Sí tienden a ser racionales las estrategias de cada jugador cuando procuran fundar sus resultados en el cálculo de probabilidades y pese a la dosis de alea, de incertidumbre.

Bajo una lectura ligera, algunas estrategias pueden desconcertar al ser percibidas como irracionales: Dentro de una gran racionalidad, un jugador puede, por ejemplo, jugar para perder, aliarse para perder, para llevar la alianza a la derrota construyendo su estrategia en la facilidad que le ofrece el diseño de las tarjetas de votación.

Es el caso de las boletas electorales “fraccionables”, aquellas que pueden permitirle al elector separar las candidaturas a presidente y vicepresidente de las candidaturas parlamentarias, las regionales y las locales de un mismo partido para luego depositarlas por candidatos de partidos opuestos al candidato presidencial.

El coaligado vota por la fórmula presidencial, pero no por las listas parlamentarias a fin de negarle a dicha fórmula una mayoría cómoda y así tener que ser llamado a colaborar. Es decir, que se ha jugado a perder…para ganar.

Aunque parezca absurdo, hay en este tipo de alianzas una gran racionalidad en el cálculo. El razonamiento podría ser: “Sí, que gane el presidente, pero que tenga que llamarme para que pueda gobernar al no tener una mayoría que lo apoye”. Jugada muy racional y posiblemente maquiavélica. Se le ofrece oxígeno al candidato y se le niega o suministra de a poquito. Casos se han visto. Mejor, se están viendo.

En política, dicen algunos, no hay “perdibles”

Otros, por el contrario, dicen que en ella todo puede ser perdible. El batido es el perdedor, el vencido en una competencia. En el juego hay pequeños y grandes perdedores, según el tamaño de la pérdida al final de la partida: Unos han naufragado o han quedado en la ruina, otros sonríen por haber quedado en la opulencia. Todos quieren lo primero, nadie lo segundo. Perder es casi morir un poco.

Cabe una pregunta que desconcierta: ¿Cómo concebir que se pueda perder para ganar, salvo en el juego de “el que pierde gana”? Pese a lo aparentemente irracional de esta conducta o estrategia, pueden jugar a “perder para ganar” no solo los desesperados (aquellos que no tienen nada que perder, sino todo por ganar), también aquellos que calculan bien sus ventajas, así mismo aquellos que hacen bien sus apuestas, y hasta aquellos que reculan para luego meter el caballo de Troya sin perderse ellos mismos en la empresa. De maquiavelismos electorales, está llena la historia. Y la reciente historia de Colombia no está exenta. ¿Son solo comportamientos?

De juegos y comportamiento de los jugadores

Los juegos son muchos y cada uno tiene sus reglas, las llamadas “reglas del juego”. Dentro de estas se dan comportamientos siempre partiendo del principio de que las reglas deben ser claras, inviolables, establecidas de antemano y aplicadas por jueces o árbitros. Pero, las reglas se “viven” de diferente manera por las partes que juegan. En una compraventa, los compradores las viven bajo esta calidad, los vendedores en la suya.

Al lado de las reglas del juego político se dan situaciones que influyen en los comportamientos de los jugadores, por ejemplo, según que el jugador actúe individualmente o forme alianzas.

Si juega dentro de las reglas de estas, debe tener en cuenta la distribución de los pagos entre los miembros, así como las estrategias que cada uno de los jugadores se haya trazado para lograr el máximo de rendimiento. Las estrategias generalmente consisten en aliarse con muchos, con pocos, o solo con los que sean absolutamente necesarios. Si para ganar necesito solo de uno más, ¿para qué llamar otros?

Los “pagos” o rendimientos de una coalición

El rendimiento de una coalición se mide con relación a lo que ella produzca en escaños, burocracia o poder, etc. Es decir, con su productividad. Con otras palabras, por la cantidad de energía que se ahorre el jugador en la empresa de ganar, de triunfar. El rendimiento electoral de una alianza es la ganancia que haya producido, el producto efectivo que resulte del trabajo electoral, el efecto de triunfo, la eficacia de este y, naturalmente, el reparto menor de las bazas. Un pastel es mejor repartirlo entre pocos. La política -es una realidad- casi nunca se rige por los principios de Francisco de Asís. Más bien se dan en ella comportamientos pantagruélicos.

¿Cooperar o remar solo?

Cuando hay varios jugadores, la cooperación puede ser la mejor estrategia. En estos casos es mejor remar en galera que en solitario, de acuerdo al apotegma que predica que la “unión hace la fuerza”. Es decir, que en estos casos se procura hacer surgir alianzas que aspiren a lograr algunas ventajas, algunas ganancias.

Se desprende de esto que una coalición ganadora es aquella que reparte los beneficios logrados entre sus miembros de forma tal, que cada uno quede satisfecho con el reparto y desee permanecer dentro de ella. Claro que entrar a una alianza tiene sus costos.

La imputación de pago en una alianza

Se llama en este caso “imputación”, el reparto de pagos que se hace entre todos los jugadores. Cuando un jugador miembro de la alianza desee ser considerado como tal y aparte entera, debe en determinadas ocasiones o circunstancias ofrecer compensaciones o pagos complementarios a los miembros iniciales de ella, a fin de evitar ser objeto de una posible discriminación. Esto está muy relacionado con el concepto de “baza”. Es decir, de ganancias. De recoger las bazas. Fin de Compte, esta es casi siempre la meta del juego.

Fines o metas de algunos juegos

En los juegos simples entre “personas individuales”, la única finalidad es lograr formar una alianza mayoritaria que tome las decisiones por medio del mecanismo de la votación y es al momento de realizarse esta cuando puede operar el peso o fuerza de los participantes.

Según Lloyd Shapley es factible hallar el “promedio” de la aportación que pueda hacerle un jugador a las alianzas en los juegos cooperativos en que quiera participar, incluso teniendo en cuenta el orden en que se ingresa en estas porque el ingreso de nuevos jugadores aumenta la posibilidad de las alianzas, de los empates y del regateo.

Según esto, la distribución de riquezas se hace en los juegos cooperativos asignando un único reparto del beneficio total generado por la alianza de todos los jugadores. En los juegos de la política ver estos repartos y sus rebatiñas desde el balcón se asevera altamente recomendable…

El propio sistema electoral señala las reglas de juego

En la praxis electoral se observa que las alianzas electorales operan con los criterios de la teoría de juegos, naturalmente con fines electorales y en veces solo “electoreros”. En estas circunstancias el propio sistema electoral determina en cierta medida las condiciones de ganancia de toda la elección, por ejemplo, de una cuota del poder parlamentario. También puede fijar el sistema electoral las condiciones bajo las cuales se puede pactar una alianza electoral entre diferentes partidos que quieran repartirse el poder.

Con esto se quiere decir que el sistema electoral puede ser diseñado para “desconcentrar” el voto, favoreciendo el sistema de alianzas, o para “concentrarlo,” desfavoreciéndolas. Esto último suele ser lo frecuente en el sistema británico, en gracia de favorecer el bipartidismo.

Las reglas de las mayorías y las alianzas

Desde 1760 en Inglaterra se comenzó a hablar de la majority, para referirse al agrupamiento de votos que resulta triunfador por su número en una votación o en una reunión de votantes. Desde esa época se habla de la “mayoría absoluta”, que es la reunión de la mitad más uno de los sufragios expresados; de la “mayoría relativa”, que es el agrupamiento de votos superior en número a cada uno de los otros agrupamientos, pero inferior a la mayoría absoluta.

“Tener la mayoría”, es lo que impulsa a las alianzas. Tener la mayoría “a cualquier precio”, es lo que impulsa a establecer alianzas a veces hasta contra natura.

Cuando ellas se pactan para el logro de objetivos electorales, la Segunda Vuelta (o Balotaje) puede ser considerada como un juego de alianzas electorales que pone en marcha un marchantaje político-electoral que puede conducir en ocasiones a situaciones algo inconvenientes.

La Social Democracia Alemana en las elecciones de 1903 perdió 43 circunscripciones que había ganado en la primera vuelta, y bajo la Quinta República francesa la Segunda Vuelta se ha convertido en la elección principal porque en ella los partidos que juegan al “centro” con posiciones de atrapatodismo se llevan las bazas. Algunos dicen que este ha sido el caso, sin ser de su exclusividad, del Partido Socialista Francés-P. S. F. Posiblemente lo volveremos a ver en la próxima segunda vuelta francesa. ¿Lo veremos en la segunda colombiana? Señores, hagan sus apuestas.

Alianzas y balotaje en América Latina

En estos lares del presidencialismo el juego de alianzas salidas del balotaje ha dado como resultado presidentes elegidos con las más altas mayorías de votos o por ratificación del Congreso (Chile, en 1973). Sin embargo, la gobernabilidad se suele venir al suelo con cierta frecuencia porque el partido vencido mantiene en el Congreso su mayoría y el presidente gobierna a corromperlo. ¿Fue este el caso del Partido Liberal colombiano en 2002?

Ecuador vive de crisis en crisis y, anotan los expertos, en un país donde existe la moción de censura, pero sin disolución, la situación puede ser muy difícil de manejar. Colombia, un país políticamente estable en el seno del Tercer Mundo, se encamina desde 1998 por la misma vía de la inestabilidad porque desde ese año la bancada del Partido Liberal se vio primero cooptada y luego asediada por el poder presidencial hasta verse recriminada la bancada por las bases del partido en razón del manejo dado a la situación, dado que abundaron más las prebendas que los contenidos programáticos.

Como resultado de esta claudicación, la moción de censura y el control político quedaron nuevamente aplazadas en su ejercicio por el temor de “resquebrajar” una alianza circunstancial. Lejos estaba el esquema Gobierno-Oposición del presidente Virgilio Barco. Existen alianzas de alianzas.

Según criterios atinentes al tiempo y el espacio, existen diferentes tipos de alianzas electorales

1) Alianzas electorales únicas o continuas.

2) Alianzas electorales que rigen en todo el territorio o solamente en cierta cantidad de circunscripciones electorales, o en una agrupación de ellas.

3) Alianzas electorales totales, en las que los partidos miembros presentan los mismos candidatos.

4) Alianzas electorales parciales, en las que solo una parte de los candidatos es común. Para todas ellas hay una constatación u observación: a mayor debilidad del sistema político y de los partidos, mayor tendencia a las alianzas electorales.

Pero como la política es el “arte de la negociación que busca superar conflictos de poder entre amigos y enemigos” se hace necesario llegar a formar alianzas de partidos, durables o ad hoc. El fin de ellas es ganar elecciones o impedir a otros que lo hagan, es salvar o hundir el régimen.

Pactar alianzas, sí. Pero y de la gobernabilidad ¿qué?

La gobernabilidad debe ser tema de especial preocupación en materia de alianzas. Por ella se entiende la situación que favorece la acción de gobierno en la superación de las crisis y el favorecimiento del cambio.

El concepto de “gobernabilidad” dice relación a la capacidad del gobierno de responder a las demandas ciudadanas y al oportuno procesamiento de estas por el sistema político. Naturalmente, las demandas mencionadas se inscriben dentro de los clivajes del momento y de las necesidades que estos estimulen.

El concepto es, en consecuencia, bastante polisémico, defecto que obliga a confrontarlo desde diferentes ángulos: el de la representación política, el de los niveles de participación política, el de los sistemas de partidos, y el de los arreglos funcionales entre las ramas del poder. Veamos, cada aspecto por separado.

Tomado el concepto de gobernabilidad desde el ángulo de los criterios de la “representación”

Exigiría esta perspectiva buscar la incidencia que tienen los sistemas de partido en la capacidad de respuesta del gobierno; es decir, qué capacidad o éxito tienen ellos en servir de correas de transmisión de las demandas societales a los centros de poder.

Tomado desde el ángulo de la “participación política”

El concepto de gobernabilidad en esta hipótesis nos remite a los niveles que logre adquirir: Si es “alto”, aumentan las demandas; si es “bajo” las disminuyen, pero aumenta el malestar sobre la legitimidad del propio sistema social pudiendo dar lugar al abstencionismo, a fenómenos de “franja”, o de poca búsqueda colectiva de los fines sociales.

Tomado desde el ángulo de los “sistemas de partidos”

En esta hipótesis el concepto de gobernabilidad aparece muy relacionado con la provisión de los cuadros dirigentes que los partidos le puedan aportar al gobierno: ¿Son fruto de un frágil acuerdo de alianza?, ¿Lo son solo de spoil system, de un simple reparto del botín burocrático?, ¿Son el resultado u operan siguiendo un estricto espíritu de cuerpo mayoritario?

Tomado el concepto de gobernabilidad desde el ángulo de los “arreglos institucionales” entre el Legislativo y el Ejecutivo

En este caso tenemos que la forma de gobierno influye bastante en los criterios de gobernabilidad. El sistema de “separación” de poderes y doble legitimidad -típico del presidencialismo-, conduce a arreglos difíciles entre Ejecutivo y Legislativo, que se ven aumentados, en mi concepto, por el balotaje, la moción de censura (caso Ecuador), el afán reeleccionista presidencial y la proliferación de partidos y de frágiles alianzas.

Por su lado, el sistema de “colaboración” de poderes y su principio de la legitimidad única -propio del régimen parlamentario-, aporta una mayor integración entre las dos ramas principales, arreglo que conduce tal vez más fácilmente a la superación de las crisis políticas gracias al gabinete-fusible, al no descenso del jefe de Estado a la arena o meleé política, y situaciones a veces sin vuelta atrás.

La buena gobernabilidad es necesaria y exige un mínimo de basamento ideológico en las alianzas

La experiencia demuestra que una buena gobernabilidad conduce directamente al fortalecimiento de la democracia, al aumento de su calidad, a la estabilidad del sistema, a la supervivencia y adaptación. Igualmente conduce al buen gobierno, amado o respetado por los ciudadanos. Finalmente, la buena gobernabilidad le inculca a los gobernados la conciencia de que “las instituciones cuentan”, como también cuentan los ciudadanos.

No basta aliarse por aliarse, el pueblo debe ser el beneficiario de buenas y hasta sanas alianzas y de manera tal que, fomentando o colaborando en el desarrollo de la gobernabilidad, se pueda ayudar a superar la crisis de la cultura o de la política, a ponerle fin a los liderazgos carismáticos, a llevar la lucha por las ideas al plano superior de lo institucional, a racionalizar las demandas haciéndolas pasar por la criba de los programas de los partidos, a paliar las disfunciones del sistema democrático y a legitimar la autoridad capaz, eficiente y responsable.

Así mismo a hacer razonable las demandas populares evitando “sobrecargas” de exigencias o de aspiraciones que desestimulen una participación ciudadana alegre, cognitiva, evaluativa, responsable o razonable.

La gobernabilidad ayuda, entonces, a hacer efectivo, real y lógico el mandato de los electores.

Algo que se asevera cada día más como urgente porque debe dar lugar a políticas operativas, gobiernos eficientes, legítimos y acatados por el respeto social. Aspiraciones que, aunque parezca extraño, se pueden conseguir hasta con algunas alianzas.

El propio Maquiavelo, mucho más cultor a veces de la fuerza que del diálogo, lo dijo en esta frase: “En un gobierno bien constituido, la guerra, la paz y las alianzas son discutidas en tanto cuanto sirvan no para la satisfacción de unos pocos, sino para el bien común” ¿Es lo que estamos viendo? Escucho.

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